8 jun. 2007

Ventimiglia - (tren)

Lunes, 7 de julio: Ventimiglia-(tren)
Después de dormir bastante me levanté, fui a ducharme y a afeitarme. De paso aproveché la ocasión para lavar algunas ropas ya que el sol de la mañana estaba pegando lo suficiente como para que se secasen. Klaudio, en cambio, se levantó más tarde, y es que yo no me di cuenta, pero se había duchado la víspera. Después de recoger todo y tomar otro sabroso "capuccino" salimos del camping en busca de nuevos vehículos que nos harían llegar al sur de Italia.
Ventimiglia se compone por un lado de una parte vieja, que se esparce a lo largo de una colina, y al no haberla visitado, por lo menos desde fuera da un aspecto bastante decadente y abandonado, quizás tenga su encanto. Por otro lado esta la parte más reciente, con casas más modernas pero sin ningún rasgo especial. Lo que le salva es la playa y el paseo y algunos parques que tiene alrededor.
Salimos, siguiendo las indicaciones de la incorporación de la autopista y de camino nos aprovisionamos de comida para el viaje. No tuvimos mucha suerte en esta ciudad, y pienso que es algo que puede suceder en otros lugares de Italia, por lo menos en el norte. La cosa es que estas incorporaciones no están pensadas para el tipo de gente que quiere hacer autostop, no encontramos arcén para que un coche pudiera parar sin que llegara a molestar a otro que tuviera por detrás, además tampoco había rectas suficientes como para que el coche que parase pudiera hacerlo sin peligro. Estuvimos hasta el mediodía tratando de que alguien nos cogiera, probando diferentes sitios siempre con el mismo resultado. Tras un pequeño diálogo tomamos la decisión más acertada, pagar por algún medio de transporte que nos llevase a Brindisi, para desde allí coger el ferry que nos llevaría a Grecia.
Primeramente fuimos a la estación de tren, donde en un principio debía existir alguna combinación, aunque no fuera directa, para poder llegar a nuestro objetivo. Y así fue. Había una larga cola para coger billetes y el taquillero no era precisamente agradable al ver que teníamos problemas con el idioma, pero aún así conseguimos sonsacarle, a base de esfuerzo de hacernos entender y entenderle, la información que queríamos obtener, los horarios y el precio. Nos pareció bastante barato el precio del billete (93.500 liras), y al momento quisimos reservar pero no había otro modo que pagar al contado y para ello no teníamos dinero suficiente.
Klaudio tuvo una brillante idea que consistía en contratar el servicio por medio de una agencia de viajes, para así ahorrarnos el tener que sacar dinero en un banco o casa de cambio. Así lo hicimos y la dependienta nos dio otra sorpresa, el billete costaba 84.000 liras, ese era el billete más barato. Pero al no aceptar tarjetas tuvimos que ir a un banco para sacar dinero con nuestra tarjeta Visa. Fuimos los últimos clientes que entraron en aquel banco, ya que cerraban, y teniendo en cuenta que no habrían por la tarde tuvimos un poco de suerte en ese aspecto. Sacamos 100.000 liras cada uno. Para quien lo sepa también existe la posibilidad de sacar dinero con la tarjeta en un cajero automático, pero el problema está que ninguno de los dos conocemos el código de nuestra propia tarjeta.
Después nos dimos cuenta que la diferencia de precio consistía en el tipo de tren y en el modo de llegar a Brindisi, mientras que la oferta que recibimos en la estación iba vía Roma, la que habíamos contratado lo hacía por la otra costa, el Adriático, empleando para ello cuatro horas más.
Teníamos tiempo y aprovechando el buen tiempo fuimos en dirección al mar, y paramos para comer en un parque. Después nos dejamos caer en la playa, tomando el sol, reposando y tomando algún que otro baño. En la playa había escasa arena y se componía en su mayor parte de piedra. Al no ser un lugar turístico, poco tenía que ver con Niza, había menos gente, y diría que mayoritariamente del lugar. Eso me hacía estar más a gusto.
Entramos a las 17:05 en un vagón de segunda clase, y teniendo en cuenta que el tren partía desde ese punto iba bastante lleno, aún así no lo suficiente como para encontrar dos asientos en un compartimento.
El tren partió hacia Genova, por la costa, lo cual aprovechamos para contemplar el paisaje, la costa, las playas, las calas y los pueblos y ciudades por las que transcurría nuestro tren.
Me acuerdo también del amable "pica-pica" que nos tocó, que tras estar charlando un rato con nosotros nos indicó del trasbordo que debíamos hacer en una pequeña ciudad llamada Voghera, entre Genova y Milán. Nada tenía que ver con el recepcionista de la estación, ni mucho menos con los policías de la estación que nos echaron en cara, de muy mala manera, el estar sentados en el suelo mientras extendíamos un mapa de Italia.
Dejamos que el tren continuara sin nosotros y tuvimos cerca de una hora mientras que venía el tren desde Torino (Turín). Aprovechamos el tiempo hincando el diente a otro de nuestros bocatas, llamando a casa y, como no, tomando un capuccino en el bar situado en frente de la estación.
Ya de noche, a eso de las diez y media, entramos en un tren proveniente de Torino y con destino a Brindisi, con ello ya no nos teníamos que preocuparnos más de los transbordos, sobre todo por la noche, que podría ser peligroso.
El tren iba muy lleno y justo-justo encontramos un par de asientos en un compartimento. Era para seis personas y ya iban tres más, así que quedó una sola plaza libre en el nuestro. Esa plaza se cubrió pronto en otra estación. Los dos asientos que daban a la ventana iban ocupados por dos jóvenes marroquíes que superaban en poco los treinta años, teníamos también a un italiano que debía rondar la cincuentena y, por último, quien además fue la última en entrar una mujer de 35 años, tal y como nos dijo después, que a pesar aparentar ser italiana por lo bien que hablaba este idioma, era albanesa, pero vivía y bastante bien por lo que dejaban ver sus ropas en Italia desde hacia ocho años.
Era una situación graciosa, éramos gente muy diversa, y no sé si fue por ello, o por que esta albanesa era un "terremoto" que no paramos de hablar. Quizás nosotros menos, por aquello de la barrera del idioma. Con el paso del tiempo, fueron básicamente dos los que llevaban el diálogo, si es que se puede llamar así, el más animado de los dos marroquíes y la albanesa.
Estaban uno al lado del otro, la albanesa hablaba y hablaba, el marroquí trataba de ligar con ella descaradamente, y ella le rechazaba, pero con gracia. El marroquí se le juntaba mucho, la cogía de la mano,... al hablar. Ella se la quitaba, pero no al momento, y de alguna manera le seguía el juego, diciéndole a ver si no era capaz de conseguir algo sólo con palabras. Después le pidió a mi amigo que le cambiara de sitio, para que tuvieran más distancia a lo que él accedió. El marroquí seguía tocándole la mano a la albanesa, pero esta vez pasando medio cuerpo por encima de mi pobre amigo Klaudio.
Se produció otra situación graciosa durante este tiempo. Los marroquiés, a pesar de ser musulmanes, ya habían liquidado más de dos litros de vino barato en tetra-brik desde que entramos nosotros, e incluso se notaba en el aliento en un sitio tan cerrado. La albanesa había contado también que era musulmana. Lo curioso fue cuando los dos marroquíes le echaron en cara la pequeña cena que había comprado en el bar del tren: un bocadillo de jamón y una lata de cerveza. La mujer se defendió sobradamente contra los dos diciéndoles quienes eran para decirle eso a ella mientras ellos ya estaban medio borrachos. La argumentación de los hombres fue que el alcohol era una cosa, pero que un musulmán nunca debía comer cerdo.
Fue bien entrada la noche cuando los dos marroquíes se bajaron en Rimini, ya que este era el lugar donde debían bajar, iban a trabajar durante una temporada en este lugar. A partir de entonces tuvimos paz y también ocasión para dormir.

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